Hemos sobrevivido. Es la primera conclusión a la que hemos llegado
tras sobrepasar, vivitos y coleando, el fatídico día 21 de diciembre.
Fecha infausta que los mayas decidieron establecer como la del fin del
mundo. Seguramente, ahora, habrá miles de espíritus mayas que con sus
carcajadas habrán roto el tradicional silencio que se suele suponer al
descanso eterno. Sin embargo, no es necesario ser un avispado observador
para comprobar cómo la naturaleza ha acostumbrado de sucesivos
apocalipsis, cataclismos y demás hecatombes para regular los flujos
naturales de la vida en la Tierra. Hace unos treinta y cinco mil años,
oscuras y densas nieblas se abatían sobre la actual Australia. Miles de
años de una peculiar evolución, restringida por las características
básicas de un hábitat muy singular e isleño, se vieron sacudidos por el
peso inexorable de la historia humana.
Las peculiaridades geográficas de Australia han marcado el desarrollo biológico de la isla. Una gran extensión de tierra dominada por un vasto desierto. El aislamiento geográfico determinó la aparición de una fauna extraña a nuestros ojos. Por ejemplo, los koalas, animales cariñosos y adorables que, sin embargo, son legendarios por su mal carácter y su comportamiento tosco para todo lo que le rodea. Se alimentan casi exclusivamente del eucalipto. Sin embargo, su mal humor parece encontrar su última razón, según algunos datos sin corroborar científicamente, por una escasa vida sexual sometida a los escasos deseos carnales de los ejemplares hembra, afectados por un único día de disponibilidad sexual al año. Lógico el carácter agrio del koala.
O qué decir de los
canguros. Sólo si atendiésemos al nombre de este curioso animal y a su
etimología, podremos considerar la gran especificidad de los biotipos
australianos.
Sin entrar a considerar cuestiones relativas a la
cronología, que considero insulsas y sin sentido en este momento, lo
cierto es que los arqueólogos han podido comprobar que la llegada del
ser humano a Australia coincide en el tiempo con la desaparición de
grandes mamíferos en la isla. Es el caso del canguro gigante. En
principio, la hecatombe y la catarsis de muchas especies animales al
mismo tiempo que los humanos comenzaban la colonización del continente
hace unos treinta y cinco mil años ha hecho correr ríos de tinta y ha
generado un importante debate entre los investigadores. Para unos, la
llegada del Homo sapiens provocaría, como se ha demostrado en otras
partes del planeta, la desaparición de muchas especies; sin embargo,
otros prefieren considerar las consecuencias de un cambio climático
fatal para algunos y muy determinados tipos de animales que no habrían
sido capaces de adaptarse a unas nuevas condiciones medioambientales.
Hace
aproximadamente treinta y cinco mil años y un día, una nueva jornada
comenzaba en una Australia virgen e inexplorada, llena de animales
grandiosos y de curiosas formas que desempeñaban su básico papel en el
escenario teatral de la naturaleza: comer o ser comido. Sin embargo, el
descuidado canguro gigante levanto la vista hacia un horizonte lejano y
contempló aturdido cómo se levantaban oscuras y poderosas nubes negras.
Un ruido grave y continuo cada vez se hacía más ensordecedor. Todos los
presagios hablaban de un mal cercano que avanzaba inexorable, provocando el pánico de todos los animales. El canguro gigante no podía dar
crédito a lo que se aproximaba, salvaje, vociferante y escandaloso;
hordas de curiosos seres que caminan sobre dos patas y que tienen otras
dos extremidades para soportar alargados objetos de madera y piedra. En
sus rostros se dibujaba la furia y el odio extremo, sin objetivo
concreto, dispuesto a esparcirlo a diestro y siniestro.
El
hombre, y por supuesto la mujer, habían llegado a Australia. Mientras,
el inofensivo y confiado canguro gigante entonaba una triste despedida
que murió ahogada bajo el instinto cazador y asesino, sin medida, del
nuevo vecino.
Luis Pérez Armiño